día 2: Dejad que las niñas se acerquen a mi
Mi siguiente destino era la puerta de un instituto. Desde un tiempo a esta parte he estado observando a las jovencitas que salian de clase, preferiblemente en centros donde fuera obligatorio el uniforme; faldas cortas, plisadas, calcetines altos, camisas entreabiertas y unas divertidas coletas que recogen el pelo, prendas todas ellas muy sugerentes para el perfil fetichista que poseo.
Me he dado cuenta de que esas golfillas, libertinas hasta la obscenidad, han perdido las cualidades que toda jovencita debería tener; la candidez, la timidez, la ingenuidad... ahora son potencialmente unas rameras sin ningún sentido del pudor, ni tan siquiera del honor o de la dignidad.
Auténticas zorras es lo que yo veo en la mayoría de ellas, una lacra social que debe ser eliminada en su totalidad. Es por ello que tendré que tomar cartas en el asunto y dar una lección de moral a esas pequeñas zorras, raptando a una que pague en representación al resto.
Tras varios días de seguimiento de alguna de esas golfas, he observado que dos de ellas siguen un recorrido idéntico y muy favorable para mis propósitos. Suelen coger una especie de atajo campo a través para llegar sin hacer demasiados rodeos hasta sus casas. Una zona poco transitada con abundante vegetación de unos dos kilómetros.
Las dos zorras en cuestión están de muy buen ver, son jovencitas muy desarrolladas para su edad, con falditas descaradamente cortas. En ocasiones, en días en los que se ha levantado viento, he podido contemplar tras una ráfaga afortunada, sus minúsculas braguitas de algodón.
Hoy será el día para llevar a cabo mi misión. Suena un irritante timbre que anuncia el final de las clases. Van saliendo todas en tropel, cuanta puta junta.
Tras unos minutos de espera distingo a mis futuras presas, que como parece que van indisolublemente ligadas, tendré que tomarlas a las dos.
Como conozco su itinerario a la perfección me adelanto para ocultarme detrás de uno de los tupidos árboles que se encontrarán indefectiblemente en su recorrido. No tardan en llegar. Ya tengo preparados sendas gasas con una solución a base de tricloruro de metilo, para adormecerlas en breves segundos. Al pasar por mi lado y aprovechándome del factor sorpresa, las adormezco en un instante tras la inhalación del cloroformo. Una vez hecho esto las acomodo en el maletero de mi coche (un viejo 4x4 americano con los cristales tintados).
La dirección a seguir es mi casa, concretamente un pequeño sótano que tengo, que antiguamente usaba como bodega, ya que soy aficionado a la enología.
Oportunamente atadas a una vieja cama, no me quedaba más que esperar al cese de los efectos del cloroformo. Eso si, para agilizar la espera, las he despojado totalmente de ropa, y permanezco sentado frente a ellas contemplando la belleza de la juventud.
Parece que van despertando...
-Donde... estamos... quién es usted... porque estamos atadas...
-Callad zorras, aquí las preguntas las hago yo. ¿Follais mucho con vuestros putos novios, porque tendreis novio? O acaso follais entre vosotras... os comeis el coño, sois unas chicas malas, ¿no es cierto?
-por qué estamos desnudas, que quiere de nosotras
-Os quiero comer el coño a las dos y después desfiguraros con ácido, ¿os gusta la idea?
Comienza un periodo de histeria, entre gritos y sollozos. La amenaza les ha devuelto la inocencia. Son auténticas muñecas de porcelana, no tienen ni un jodido pelo en el coño, vulvas rosáceas, húmedas, similares a dos pequeños berberechos en textura y forma.
-Vamos, quiero que os comais el coño la una a la otra para mi deleite personal, quiero oir vuestros gemidos como el aullido de un lobo
Las pequeñas ninfas comienzan a comerse los chochos con timidez, sabedoras de la autoridad de mis palabras. Parece no gustarles demasiado la práctica del cunnilingus, pero no ceden de lamerse. Los sollozos iniciales se acompañan de algún que otro gemido de placer, algo sordo, pero gemido al fin y al cabo.
-Asi me gusta, pequeñas fulanas, lameos, lameos sin pausa...
Despues de más de diez minutos de sexo oral recíproco, vuelven los lamentos y los lloros, sus lágrimas se mezclan con los fluidos que emanan de sus labios en una comunión perfecta. Es el momento de degustar ese preciado tesoro. Yo también merezco ser partícipe de tan delicado nectar.
Me aproximo a ellas, sus dos coños ante mi, los lamo con delirio, con lujuria, con desesperación. En un momento de éxtasis, no puedo soportar tanto deleite y los muerdo con una furia inusitada, arrancándoles los labios menores y escupiéndolos en un cuenco de barro que tenía a mis pies. Sus gritos ensordecen mi pasión.
-¡¡¡Ahhhhhhh.....nooo!!!
-Se que os gusta, es una experiencia próxima al Nirvana, lo sé zorras, lo sé...
El festín ha terminado, ahora es el momento de la ejecución. A mi lado tengo unas garrafas de ácido muriático, ideales para desfigurar a estas dos jóvenes furcias.
Ahogo sus gritos de indulgencia virtiéndoles el acido sobre sus desnudos cuerpos, que humean, como carnes a la brasa al contacto con el corrosivo elemento. Sólo me queda esperar, para oir como sus gritos van perdiendo intensidad, a la par que sus vidas.
Apenas se les escucha ya, el ácido ha convertido a aquellas dos párvulas diosas en dos trozos de basura en descomposición, es una lástima la futilidad de la vida y de la belleza.
Mis piezas para la última cena están salvadas en el recipiente de barro, ¿había quizás mejor pieza que llevarse que sus jodidos coños?...No lo creo
Mi siguiente destino era la puerta de un instituto. Desde un tiempo a esta parte he estado observando a las jovencitas que salian de clase, preferiblemente en centros donde fuera obligatorio el uniforme; faldas cortas, plisadas, calcetines altos, camisas entreabiertas y unas divertidas coletas que recogen el pelo, prendas todas ellas muy sugerentes para el perfil fetichista que poseo.
Me he dado cuenta de que esas golfillas, libertinas hasta la obscenidad, han perdido las cualidades que toda jovencita debería tener; la candidez, la timidez, la ingenuidad... ahora son potencialmente unas rameras sin ningún sentido del pudor, ni tan siquiera del honor o de la dignidad.
Auténticas zorras es lo que yo veo en la mayoría de ellas, una lacra social que debe ser eliminada en su totalidad. Es por ello que tendré que tomar cartas en el asunto y dar una lección de moral a esas pequeñas zorras, raptando a una que pague en representación al resto.
Tras varios días de seguimiento de alguna de esas golfas, he observado que dos de ellas siguen un recorrido idéntico y muy favorable para mis propósitos. Suelen coger una especie de atajo campo a través para llegar sin hacer demasiados rodeos hasta sus casas. Una zona poco transitada con abundante vegetación de unos dos kilómetros.
Las dos zorras en cuestión están de muy buen ver, son jovencitas muy desarrolladas para su edad, con falditas descaradamente cortas. En ocasiones, en días en los que se ha levantado viento, he podido contemplar tras una ráfaga afortunada, sus minúsculas braguitas de algodón.
Hoy será el día para llevar a cabo mi misión. Suena un irritante timbre que anuncia el final de las clases. Van saliendo todas en tropel, cuanta puta junta.
Tras unos minutos de espera distingo a mis futuras presas, que como parece que van indisolublemente ligadas, tendré que tomarlas a las dos.
Como conozco su itinerario a la perfección me adelanto para ocultarme detrás de uno de los tupidos árboles que se encontrarán indefectiblemente en su recorrido. No tardan en llegar. Ya tengo preparados sendas gasas con una solución a base de tricloruro de metilo, para adormecerlas en breves segundos. Al pasar por mi lado y aprovechándome del factor sorpresa, las adormezco en un instante tras la inhalación del cloroformo. Una vez hecho esto las acomodo en el maletero de mi coche (un viejo 4x4 americano con los cristales tintados).
La dirección a seguir es mi casa, concretamente un pequeño sótano que tengo, que antiguamente usaba como bodega, ya que soy aficionado a la enología.
Oportunamente atadas a una vieja cama, no me quedaba más que esperar al cese de los efectos del cloroformo. Eso si, para agilizar la espera, las he despojado totalmente de ropa, y permanezco sentado frente a ellas contemplando la belleza de la juventud.
Parece que van despertando...
-Donde... estamos... quién es usted... porque estamos atadas...
-Callad zorras, aquí las preguntas las hago yo. ¿Follais mucho con vuestros putos novios, porque tendreis novio? O acaso follais entre vosotras... os comeis el coño, sois unas chicas malas, ¿no es cierto?
-por qué estamos desnudas, que quiere de nosotras
-Os quiero comer el coño a las dos y después desfiguraros con ácido, ¿os gusta la idea?
Comienza un periodo de histeria, entre gritos y sollozos. La amenaza les ha devuelto la inocencia. Son auténticas muñecas de porcelana, no tienen ni un jodido pelo en el coño, vulvas rosáceas, húmedas, similares a dos pequeños berberechos en textura y forma.
-Vamos, quiero que os comais el coño la una a la otra para mi deleite personal, quiero oir vuestros gemidos como el aullido de un lobo
Las pequeñas ninfas comienzan a comerse los chochos con timidez, sabedoras de la autoridad de mis palabras. Parece no gustarles demasiado la práctica del cunnilingus, pero no ceden de lamerse. Los sollozos iniciales se acompañan de algún que otro gemido de placer, algo sordo, pero gemido al fin y al cabo.
-Asi me gusta, pequeñas fulanas, lameos, lameos sin pausa...
Despues de más de diez minutos de sexo oral recíproco, vuelven los lamentos y los lloros, sus lágrimas se mezclan con los fluidos que emanan de sus labios en una comunión perfecta. Es el momento de degustar ese preciado tesoro. Yo también merezco ser partícipe de tan delicado nectar.
Me aproximo a ellas, sus dos coños ante mi, los lamo con delirio, con lujuria, con desesperación. En un momento de éxtasis, no puedo soportar tanto deleite y los muerdo con una furia inusitada, arrancándoles los labios menores y escupiéndolos en un cuenco de barro que tenía a mis pies. Sus gritos ensordecen mi pasión.
-¡¡¡Ahhhhhhh.....nooo!!!
-Se que os gusta, es una experiencia próxima al Nirvana, lo sé zorras, lo sé...
El festín ha terminado, ahora es el momento de la ejecución. A mi lado tengo unas garrafas de ácido muriático, ideales para desfigurar a estas dos jóvenes furcias.
Ahogo sus gritos de indulgencia virtiéndoles el acido sobre sus desnudos cuerpos, que humean, como carnes a la brasa al contacto con el corrosivo elemento. Sólo me queda esperar, para oir como sus gritos van perdiendo intensidad, a la par que sus vidas.
Apenas se les escucha ya, el ácido ha convertido a aquellas dos párvulas diosas en dos trozos de basura en descomposición, es una lástima la futilidad de la vida y de la belleza.
Mis piezas para la última cena están salvadas en el recipiente de barro, ¿había quizás mejor pieza que llevarse que sus jodidos coños?...No lo creo







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